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Viene de La Misión (2)

Con una falsa humildad  que resultaba más que evidente, Paco Real le presento su huésped al tendero y los tres se dirigieron misteriosamente a un rincón. Allí le pusieron al corriente de toda la historia y el tendero Alberto ardía de envidia por la suerte de su vecino.

- Me parece señor Scotters, que habemos de ser en exceso prudentes – dijo Alberto –. No debemos dar publicidad a este asunto ni deben de saber nada los demás clientes que están en la tienda. Yo seré el responsable de esta fortuna y, la verdad, no me apetece correr ningún riesgo.

- Por supuesto que tiene usted toda la razón, si señor, toda la razón. -  Dijo el señor Scotters -, Usted es el responsable no sólo del dinero, que ya es una responsabilidad, sino que también lo es de la integridad de este sello que representa la dignidad del gobierno de mi país.

Con aquella explicación el señor Mateo se sintió dignificado e impresionado, como un sargento mayor recién ascendido. Sin más preliminares, los tres hombres se abrieron camino por entre los toneles y los clientes hasta una puerta del fondo que conducía al lugar donde estaba la caja fuerte. Mateo, introdujo una enorme llave y dio varias vueltas, después movió un gran disco numerado, primero en una dirección y después en otra, y así varias veces hasta que sonó un chasquido metálico y la puerta de la cámara se abrió. El misterioso paquete, lacrado y con el sello de Cuba, fue introducido en el interior de la caja y la puerta cerrada de nuevo. Entonces los tres hombres, como siguiendo el rito de una gran ceremonia, se pusieron en pie y avanzaron hasta detrás del mostrador donde Mateo guardaba en reserva un licor especial que los tres hombres probaron.

Todos los clientes presentes en ese momento habían detenido su actividad con permiso de Baco o Dionisos y todas las miradas y pensamientos silenciosos estaban dirigidos a los tres hombres e intentaban adivinar qué se cocía en la olla.

- Por supuesto, no será necesario advertir a usted que no debe decir absolutamente nada de este asunto a su distinguida clientela – dijo Scotters-, y así tenía asegurada una buena publicidad.

Pues tan pronto como hubieron salido de la tienda los tres hombres, una avalancha de rústicos curiosos calló sobre Tomas. Ansiosos por saber los trapicheos del señor vestido de negro le hostigaron con preguntas y comentarios hasta hacerle confesar todo.

Cuando Mateo termino de explicar lo que había, aquellos hombres quedaron mudos y estupefactos por lo que acababan de oír. Desde luego aquello era cuando menos, una situación sin precedentes. Y es posible que hasta fuera cierto. Y siendo así, Paco Real se había convertido en uno de los más ricos de la comarca. Con esta zozobra empezaron a salir del colmado en dirección a sus casas. Deseaban llegar cuanto antes por contar la noticia a sus esposas.  

La historia se extendió por el pueblo como un reguero de pólvora. Pues hay tres cosas que flotan en la codicia del ser humano, las grandes riquezas, los grandes amores y las grandes bellezas.

El señor Scotters había empezado a detectar el efecto de su secreto, fuera donde fuera, todos le trataban con deferencia y admiración. El pasaporte de Cuba, el traje negro y la extraña misión que le habían encomendado y sobre todo la discreción con que él lo había planteado, empezaban a darle su rendimiento. Y está claro, cualquiera que hubiera llegado al pueblo desde Cuba con una misión como aquella merecía respeto y honor. Por su parte él, había adoptado maneras finas y amables para confirmar la opinión que la gente le tenía. En pocos días se convirtió en personaje popular, todo un caballero, un gran señor que había llegado al pueblo para romper la monotonía incluidos vagos y taberneros.

Todo el ambiente alcanzó su clímax el día que el matrimonio Sanjuán fue a visitar al señor Scotters. Después de la entrevista decidieron dar una recepción en su honor y su posición quedó fortalecida y asentada en el pueblo. Fuentenelo no había aspirado a la categoría de tener una sociedad literaria, pero con la llegada del señor Scotters todo cambió; se fundó, y la inauguración fue toda una fiesta. En el escenario que se montó al efecto actuaron rapsodas, chirigotas y un conjunto de baile regional, todo el arte de Fuentenelo para rendir homenaje al señor Scotters. A continuación, discursos muy elocuentes por parte del señor Scotters y don Prófito Sanjuán que era el alcalde del pueblo y al final un ágape muy bien recibido y aplaudido por todos los asistentes. La señora Honora que creyó que estaba en una alegoría católica, sintió tanta emoción que se puso a cantar la Marcha Triunfal.

El pequeño pueblo de Fuentenelo empezaba a despertar de su letargo de posguerra. El señor todo de negro que era Scotters, había generado un impulso de entusiasmo en sus habitantes. Caminaba muy erguido y pausado por las calles derramando donaire y provocando adoración en los vagos y otros paseantes rústicos y sencillos, sobre todo cuando se detenía para hablar con la señora de Sanjuán y comentaban temas que están muy por encima del nivel medio de los mortales.

Cuando el señor Scotters estaba convencido de que su misión ya no era un secreto y que era conocida por todos los habitantes de Fuentenelo y de algunos más de los pueblos de los alrededores, no trató de disimular. Habló y habló abiertamente del asunto. Alardeaba de la responsabilidad que tenía y del gobierno de su querida Cuba, cuyo poder se representaba en el sello del paquete. Añoraba su tierra y estaba deseando volver al calor de su hogar, no se retrasaría ni un solo día por regresar a su lar. Pero no podía olvidar su cometido, si bien era reacio a quedarse, no tenía más remedio que esperar a que se reuniera el tribunal y se cumplieran las formalidades.  

Entretanto,  Paco Real y su esposa vivían en una atmósfera de gloria. Las mujeres de la casa habían renovado su vestuario comprando vestidos nuevos y algunas joyas y Paco, un carro nuevo. Todos confiaban en su buena suerte. Y que se sepa, aquello no era nada comparado con lo que pensaban hacer cuando tomaran posesión de su fortuna. El señor Scotters continuaba siendo el único huésped de honor en su casa, mimado y halagado hasta el colmo de la cual cosa se sentían muy orgullosos.

Lo que más les gustaba y ya era el colmo, era que su distinguido invitado siempre vestido de negro, no parecía menospreciar nada, sino que se encontraba a gusto y satisfecho con las sencillas comidas de la casa. Paco, incluso se sintió halagado y honrado el día que su soberano huésped se le acercó y le pidió un préstamo de cincuenta mil pesetas.

- Compréndalo, ni se me ocurriría importunarle para pedirle este pequeño favor, pero sólo tengo dinero cubano y en este pueblo no hay donde cambiarlo. Por otra parte no me gustaría que usted se sintiera ofendido de que ando haciendo trámites para conseguir un cambio de divisas y más tratándose de una cantidad tan pequeña.

Bueno, aquello fue el colmo. Era claramente un signo de confianza especial. De repente Paco sintió que aquel gran hombre lo aceptaba y lo consideraba como su propio hermano.

 Inmediatamente dispuso Paco de ir a la tienda de Mateo ya que como hemos dicho antes el colmado, era al mismo tiempo el banco de la localidad y allí tenía Paco guardados sus ahorros, como casi toda la gente del pueblo que tenía algo que guardar.

Abierta fue la caja fuerte y, con gran veneración, apartaron a un lado el paquete de los bonos con los sellos de Cuba, y contaron cincuenta mil pesetas que entregaron al huésped en cuestión. Los dedos largos y huesudos de Scotters se cerraron sobre los billetes.

Ahora sí, la felicidad de Paco estaba al colmo, a punto de rebosar y salirse a la calle, sólo una pequeña gota de amargura en su dulzura; la amistad del cubano con el señor don Prófito el alcalde. Se reunían con frecuencia y mantenían largas chácharas de las que no le hacían participe. Al verse excluido Paco sentía celos, era su huésped y le pertenecía a él solo, lo de don Prófito era simplemente una intromisión.

Este fue el motivo por el que una noche, cuando el señor alcalde fue en busca del cubano, Paco lo recibió con una expresión un tanto desagradable.

- El señor Scotters no está en casa en estos momentos, ha salido y no ha dicho cuando volverá –dijo, cuando el señor alcalde hubo entrado y mientras dejaba el sombrero sobre una mesa al lado de la puerta.

-Está bien Paco, ya vale –dijo el señor don Prófito balbuceando muy lentamente-. No he venido aquí para verlo a él, sino que he venido para verte a ti.

Paco, un tanto extrañado cambió de talante y quedó boquiabierto esperando a que don Prófito se explicara. De momento el señor alcalde parecía sentirse incomodo, como si no supiera por donde empezar la conversación. De principio empezó hablando del tiempo, tan contrario para las cosechas, pero no funcionó. Entonces acercó una silla hasta sentarse al lado de Paco y empezó hablando lento y en voz baja.

-¿Verdad qué te fías del señor Scotters?

-Claro que sí, faltaría más –Respondió Paco con orgullo- claro que sí.

-Mmm, ajá. Bueno, bueno, vamos a ver, ¿en alguna ocasión le has prestado dinero?

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