Contenido histórico

De mis “MEMORIAS”.- “Recuerdos de niñez”. (Obra inédita).



La calle y sus vecinos.- ¿Cómo era la calle de la Eras por aquel tiempo?...   Como tantas otras, unas aceras empedradas con algo de inclinación hacia las cunetas, también empedradas, para facilitar el discurrir de las aguas de lluvia, y entre cuneta y cuneta, la calzada, de grava apisonada, cebada con tierra, que nosotros llamábamos el carril; éste terminaba por arriba en las pizarrillas frente a la era del “Trillaor”, antes de cruzar el camino horizontal, donde los muchachos jugaban al pite y a la tángana. Las casas, casi todas muy viejas. En nada se parecían a las de hoy. La construcción, los muros, en el mejor de los casos mampostería de barro hasta el cielo raso, y por encima, que se correspondía con la cámara, de tapial. Los tejados con palo hilero en el centro, rollizos apoyados, y entre rollizo y rollizo los cabios de enebro en sentido horizontal, y sobre éstos, leña de madroña, quejigo y otros, sentando las tejas con barro y cogollos de jara. Con estos materiales, las viviendas, entre los inconvenientes, tienen bastantes ventajas: la casa está mejor aislada, y en el verano el tejado se ventila por arriba y por abajo. Como los materiales son flexibles, no se quiebran. Los umbrales, de una sola piedra maciza, de las canteras de la solana de San Sebastián, donde estaban las caleras; algunos bien labrados, otros menos bien, pero muy sólidos, con antigüedad de siglos.  
 
 
Las casas de labradores.- Los suelos, empedrados de “bijarrillos” (guijarrillos) redondos en el mejor de los casos, cuando no de piedras vulgares sin lustre, igual que una era. En el dormitorio un clavo en la pared para colgar el candil, cerca de la cama, y en el suelo, a manera de alfombra, un serijo o esterilla de pleita de esparto, o crizneja de juncia; menos frecuente una piel de cabra. La cocina, toda ahumada por el fogaril, que servía de comedor y cuarto de estar, llena de clavos en las vigas del techo para colgar la cesta del pan, con las cucharas y demás herramientas del condumio, las varas de los chorizos, el jamón de uso, y alguna otra cosa. En el conducto del humo de la chimenea, las varillas para colgar morcillas.  En el frente del humero, la boca del horno, donde lo había. Debajo, en el lugar destinado al fuego, a veces con realce, la lumbre del hogar, unas veces viva, otras veces triste, casi nunca apagada, en torno de la cual giraba la vida familiar. Las tenazas, el badil, el tubo para soplar, (las menos veces un fuelle de mano), los morillos, el puchero de barro siempre arrimado, con agua o con viandas, la cobertera desplazada para que saliera el vapor, el glo-glo paciente y cansino del hervor del puchero, las trébedes, la sartén llena de  tizne, el gato que dormita ronroneando al lado del fuego,  bosteza, se levanta, pone el rabo tieso, se estira, y se restriega mansurrón contra las  piernas de los dueños.
 
En las casas de otras gentes más pobres la estampa no era tan idílica: en la cocina no hay nada qué colgar, ni siquiera pan en la cesta. Aquello era un privilegio de quienes disponían de harina para hacer pan, y cebada para criar un cochino. El labrador, a pesar de sus estrecheces, puede llenar el estómago, aunque sea de pan y tocino, y por la noche los garbanzos humeantes del puchero. Otros, por necesidad, se acuestan con el estómago vacío, o casi vacío
 
Ya de mayor, he meditado sobre un hecho que ocurrió a una persona, honrada hasta la exageración, que inducida por el hambre, se arriesgó a descolgar la cesta del pan en mi casa. Todavía me conmueve recordarlo, y me duele la vergüenza que debió pasar este hombre, seguramente dispuesto a morirse de hambre antes que tocar a nada que no fuera suyo.  No diré su nombre, aunque este hecho no supone demérito alguno para su honor y su honradez, sino más bien vergüenza para los demás.  Era barbero, y hacía los servicios a domicilio, por no disponer de medios para tener una barbería. A mi padre lo afeitaba una vez a la semana; esta era la norma para las gentes del campo; a cambio se pagaba una cantidad, en dinero o en especie.  Incluso había quien pagaba a fin de temporada, o campaña de recolección. Aplazar el pago de unos servicios a una persona que no dispone más que del fruto de su trabajo diario para comer, no parece que fuera muy de recibo, pero se hacía.  El buen hombre se presentó a realizar su servicio semanal, y mi padre estaba en la cuadra arreglando sus caballerías, y mi madre salió de la cocina para traer la bacía y los paños de equipo para la faena; el buen hombre, repito y remarco lo de buen hombre, al encontrarse solo en la estancia, viendo la cesta colgada en el techo, pensó que con discreción, podía coger algo de pan para llevarse y dar a los hijos.  La mala fortuna quiso, quizá porque el peso estaba desequilibrado, o porque no alcanzaba lo suficiente, que la cesta cayó al suelo, esparciéndose el contenido, al punto que llegaba mi madre. Lo único que pudo decir el hombre, lleno de rubor, fue: “se ha caído la cesta”.  ¿Cómo lo pasaría?
 
VECINOS DE LA CALLE DE LAS ERAS

Quiero enumerar a todas las familias que entonces vivían en aquella calle donde realicé mis juegos infantiles.

Números pares.- Empezaré por el número 2, primera casa de los números pares, siguiendo la misma acera hasta el final.  Pues bien; en primer lugar estaba Manuel de la Plaza, el de Cayetano, decían, también “Manolillo el cojo”, porque de resultas de uno o dos accidentes, en que el carro le pasó por encima de las piernas, quedó con esa cojera perpetua.  Su mujer a la sazón, era Victoria Ureña, hija de Joaquín el herrero. Ésta era la segunda, que la primera había sido Clotilde Altozano.  De la primera tenía tres hijos: Dionisia, Emilio y Dolores, por este orden; y de la segunda Cayetana, Manolo y Joaquina, que eran melguizos, y en último lugar Pepe, que fue el primero en perecer. Total siete. No estaba mal.

Manolo, algo menor que yo, debió ser uno de mis primeros amigos. Ocurrió un día que salimos juntos calle arriba hacia el campo, y traspusimos la loma de las Eras de lo Alto, y seguimos decididos a coger el camino hacia la sierra, con lo que perdimos de vista el pueblo.  Quisimos volver; yo, un año mayor, estaba muy seguro por dónde, como lo vine a demostrar. Pero él, chiquitín pero testarudo, insistía en que el pueblo estaba por la otra parte. En vista que no lo pude convencer, tuve que regresar solo, y avisar a la familia para que fuera a buscarlo, como así lo hicieron, encontrándolo desorientado por el Huerto del Pilar.

Seguimos el relato. Esta casa, tenía una puerta principal que nunca se abría, y por encima, una portadilla por donde se entraba a un porche, y a continuación el patio. Dormitorios a la derecha, y a la izquierda cocina con horno, cuadra, pajar y muladar en un corralillo. 

Por encima vivía Juan Antonio García, el “Torraos”, y Braulia su mujer, con sus dos hijos Tomás y Pepe.  Eran herreros, y tenían la fragua en la calle General Espartero, esquina a la calle del Oro.  A este pequeño local, después le cambiaron la puerta a esta calle.  Mi padre iba a esta fragua a que le hicieran las faenas inherentes a los aperos de labranza, y demás utensilios del campo. Yo acompañaba a mi padre cuando iba a aguzar las rejas, y mientras él y otros dos machacaban el hierro candente, dirigidos por el maestro, yo tiraba del fuelle para avivar el carbón. Sólo había que tirar de una muletilla situada en la punta de una cadena colgante, que pasaba por una polea, y al aflojar, las pesas, que eran cañoneras de rueda de carro, situadas bajo la parte móvil del fuelle, abrían este artefacto retrocediendo la cadena. Me resultaba extraño en esta familia, que los hijos llamaban de “tú” al padre, cosa que entonces no se estilaba; en general todo el mundo llamaba a sus padres de “usted”, según les habían enseñado. Entre los de mi edad, ya había división de opiniones, y unos los trataban de una manera, y otros de otras. Personalmente estaba en un dilema. Por una parte parecía obligado a seguir la costumbre por respeto, pero no me salía el tratamiento; y por otra, el tuteo me parecía un sacrilegio. Así fue que ni una cosa ni otra, sino una fórmula intermedia, bastante incómoda.

Más arriba, una gran portada de madera, muy vieja por estar a la intemperie, era por donde se entraba al taller del ebanista Demetrio Marín Franco, situado al fondo, después de atravesar el gran corral, con un retrete a la derecha, montado en alto, y bajo él una montaña de materia excremental a la vista decoraba el conjunto. En el lateral izquierdo de este corral, en la umbría, un ribazo de escombros y tierra apelmazados servían para que los conejos sueltos excavaran sus madrigueras. La puerta principal de esta casa estaba en la calle Real, pero al igual que la anterior mencionada, nunca se abría. Eugenio, el hijo menor, fue otro de mis amigos, porque Bernardo era bastante mayor;  jugábamos en el taller con los caballos y los carros que les hacía su padre. En el invierno, en el taller se estaba muy calentito con la estufa negra de hierro fundido alimentada con virutas. Sobre ella estaba siempre la lata de la cola de conejo al baño maría para encolar el trabajo. ¡Qué gusto daba en el invierno jugar allí!. 
 
Más arriba, vivía Jenaro Bernardino, apodado “El Pelón”, con su mujer María de los Santos, y también su hijo Fabio y la Reyes, su mujer, con la prole, descontando por lo menos Jenaro y la Esperanza, si no también Fabio, que nacieron después.  Jenaro, (el abuelo), era un hombre muy alto y delgado, y ya por entonces los años le habían arrebatado la agilidad.  Andando por la calle, enfrente justo de su casa, se cayó en la acera y se golpeó la cara, mientras yo jugaba por allí. Al ver al hombre tendido en el suelo, me dirigí corriendo hacia él, lo cogí como pude intentando levantarlo, pero tarea inútil: yo no tenía fuerzas para enderezarlo. Hube de avisar a la familia para que lo hiciera.
 
La casa de al lado era de Marino Parrilla, que vivía con su mujer y su hija Rosa. La Petra ya debería estar casada, porque no recuerdo la ceremonia. Sí me acuerdo bien de la boda de la Rosa, porque fue muy espectacular, durante la  guerra. Entonces, el novio, Luis Mejía Muñoz, primo segundo de mi padre y hermano de Jacinto, el marido de la Petra, era Comisario en el ejército de la República, y vino a casarse de uniforme, con correajes y todo, en un coche oficial. Todo muy llamativo entonces en un pueblo como el Viso, por lo que las imágenes se me quedaron grabadas en la mente. Esto ya fue el 2 de febrero de 1939, próxima la terminación de la guerra.  La fecha exacta la he sabido ahora. 
 
En esta casa, a partir del año 1939, vino a vivir la nuera, esposa de Clemenciano, que como tantos otros fue a la cárcel por razones políticas, sin otro “delito” que haber sido sargento u oficial del cuerpo de policía de orden público de la República; se llamaba Áurea, con una niña muy guapa, con trenzas, Ana Mari, que posteriormente estudiaría magisterio, y ejerció como maestra en Villanueva de Franco, un pueblo de colonización. Hoy, según me consta, vive jubilada en Ciudad Real. Clemenciano, cuando cumplió su condena, regresó al pueblo a ejercer como cantero, que había sido su profesión hasta que ingresó en la Policía, pero la cárcel había quebrantado tanto su salud, que muy pronto dejó de existir.
 
Más arriba, Alfonso y la Reyes, un matrimonio sin hijos, ya de bastantes años.  Ignoro el apellido, pero le llamaban Alfonso “Nalgas cortas”, o abreviadamente Alfonso “Nalgas”.  Tenía una o dos borriquillas, con las que araba alguna tierra. Esta casa fue donada a Filomena de la Plaza, mujer sumamente amable y caritativa, que atendió al matrimonio de ancianos hasta su muerte. Después heredaría la casa y alguna finquilla del matrimonio. Es la casa de “Carmencita”. 
 
Por encima de la anterior, la casa de Casto Trujillo, y su esposa María de la Paz y sus hijos Julián y Josefa. Fue guarda Mayor de Mudela. Siempre estaba cerrada, y después vivió allí Isabel, la “Torraillas”, viuda de Benigno Merino, con sus tres hijas, Concepción, Eufemia y María, y su nieta “Teina”, hija de Eufemia, ya viuda. Después creo que vivió Rogelio Covisa y su familia, aunque poco tiempo. Posteriormente la compró Francisco Tarazaga Muñoz, el de “San Antón”, que hasta entonces había estado viviendo enfrente, en una casa que pertenecía a su familia, al lado de mi casa. 
 
Registrarse

Histórico artículos antigua web

En este apartado haremos disponible poco a poco el contenido historico de la antigua web.

Catálogo Bibliográfico de la Biblioteca Nacional de España

Catálogo Bibliográfico de José Muñoz del Campo de la Biblioteca Nacional de España (BNE), Madrid.