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Entre los papeles antiguos conservados en casa de D. Gerardo Almodóvar Ginés, el muy querido Practicante, ha aparecido un dibujo a lápiz o boceto hecho a la ligera, que según el dador, Gerardo Almodóvar Ciudad Real, representa a Manolito el Pelliquero, según le había comentado su padre en algún momento. Efectivamente, hurgando en los recuerdos, me viene a la memoria la figura de este pequeño hombre, desde los fatídicos años de la  guerra civil, hace más de setenta años hasta su muerte, en toda su trayectoria vital.

A tan larga distancia es difícil calcular cual podría ser su estatura física, pero para mi, creo que no sobrepasaría de un metro cuarenta y cinco centímetros. Alguien me recuerda que tenía una evidente joroba a la espalda. Todo parecía recortado en su físico, especialmente las extremidades inferiores, las manos y el cuello. El grueso en general era más o menos el de un adulto normal, destacando la cabeza quizá algo más abultada y de unos rasgos singulares tirando a cuadrangular con la nuca algo saliente. Por si fuera poco, otro defecto físico, incluso más importante, ya que le afectaba negativamente para el desarrollo de cualquier actividad, era la visión defectuosa, muy defectuosa, casi ceguera, seguramente debido a unas cataratas congénitas que le obligaba a moverse con lentitud en prevención de posibles tropiezos y caídas. La naturaleza se ensañó con este ser humano, tan humano como el que más.

Entre sus facultades, entre las más llamativas destacaba una mente lúcida y un dominio del léxico para expresar sus conceptos fuera de lo común en la sociedad viseña de aquel tiempo, desde luego muy por encima del común de los labriegos y el conjunto de la gente campesina. En frase tópica de aquel tiempo se decía que tenía “un don de palabra”. Complementaban esta facultades un timbre masculino y una potencia de voz que se hacía oír a gran distancia, ya veremos para qué le sirvió esta singularidad.
 
Su nombre era Manuel de Huertas Monsalve, hijo primogénito de Germán el zapatero, por tanto, nieto del “Tío Tocinillo”, el zapatero más famoso del pueblo a principios del siglo XX. Fueron sus hermanos Aurelio y Germán (de padre y madre), y Pedro y Carmen, éstos solamente de padre.
 
Me apoyo en el recuerdo como tengo dicho, y me voy muy atrás, donde todo es borroso, y que alguien me corrija si no acierto en algún punto del relato. Mis primeros recuerdos de este hombre pueden ser de 1937, en que fue nombrado Alguacil municipal, cuyo único distintivo era una gorra de las llamadas de plato color azul con una franja anular de color amarillo alrededor. Aunque sus funciones serían varias por ser subalterno, mi recuerdo principal se centra en una: Apuntador del Pregonero. Era Voz Pública o Pregonero municipal Felipe Camacho, con pronunciación algo deficiente y bastante tartamudo, que por supuesto no sabía leer.

{mosimage}Si a la  gente joven le hablamos de Pregonero, inmediatamente pensará en el que pronuncia ese discurso pronunciado por persona relevante que precede a las fiestas. Pues no, no era esa la función del pregonero municipal, que además era funcionario, tan necesario como cualquier otro en el Ayuntamiento. Y es que, como la mayoría de la gente no sabía leer, los bandos había que pregonarlos a viva voz en los lugares más estratégicos de todo el pueblo, como eran los cruces de las calles. Había que dar publicidad a todo aquello que afectara al interés del vecindario de la forma más eficiente, que era la que estamos describiendo. Para realizar su labor, el Pregonero, provisto de un tambor, o más específicamente una caja, que así se llama el tambor de poca altura usado en las orquestas y badas de música, se paraba en las esquinas o encrucijadas, y con un redoble ponía a la  gente sobre aviso de que algo importante se iba a decir, y todo el mundo salía a la calle a enterarse.

Ya hemos dicho que el referido Pregonero no sabía leer, y aquí entraba la función del Alguacil, en nuestro caso Manolito, que  iba leyendo frase por frase, con voz firme y baja, a manera de apuntador, el contenido del bando o comunicado oficial de que se tratase, y entonces el pregonero lo repetía a voz en grito para que todo el mundo lo oyese. También hemos dicho que Manolito tenía un grandísimo defecto en la vista, de tal modo que la intensa luz le impedía ver, y para obviar este inconveniente se ponía una mano delante de los ojos, y por entre los dedos leía el documento, tal vez con un solo ojo.

Cuando terminó la guerra a Manolito lo destituyeron del Ayuntamiento, y se dedicó a ejercer como trapero (oficio ahora desconocido), recogiendo trapos viejos, pellicas de conejo y liebre muy buscadas por entonces, así como suelas de goma para refundirlas y reutilizarlas, pues no había otra forma de conseguirlas, tan era la penuria en que se vivía. Así, día tras día, con una cesta de mimbre tipo bandeja con asa central en arco de lado a lado enganchada de un brazo conteniendo bolas de cerámica pintadas, trompillas y otros objetos para juegos de los muchachos, sin olvidar las vainas de algarrobas secas para mitigar el hambre, y un saco al hombro sujeto con la otra mano, Manolito lanzaba su pregón particular ofreciendo sus productos. Como había tan pocos ruidos callejeros, la voz de Manolito ondeaba rebotando por calles y plazas llegando hasta los confines del pueblo y aledaños en la loma de las eras, si el viento venía favorable. Con su ingenio característico, en sus pregones introducía trovas y cantares relativos al asunto, que entonaba a su aire. Así aquello de “Andar muchachos / romper los baberos / y decir a vuestra madre / que viene el trapero”. O “Llevo diavolos / pa los chiquillos / y pa las albarcas / llevo clavillos”.

Contrajo matrimonio (no puedo precisar la fecha), con una mujer bastante alta de estatura, Manuela Cantero Almodóvar, viuda sin hijos de un combatiente de la República apodado “Ronchabalas”, muerto en combate. Como ella era viuda y se esperaban la tradicional cencerrada, dispusieron casarse de noche como era la costumbre para el casorio de los viudos, pero no fue posible evitar la publicidad del acontecimiento, que se pregonó por todo el pueblo, y la cencerrada sonó en el momento preciso con gran estruendo. Fue muy sonada la boda. La mujer también era miope y después tuvo cataratas, por lo que la hija mayor, de las dos que tuvieron heredó este defecto de los padres, pero no los demás, pues era de buena estatura y bien parecida. Lástima que muriera de cáncer relativamente joven dejando cuatro hijos y un marido en muy mala situación.

Vaya por delante nuestro recuerdo cariñoso hacia este paisano entrañable, que debió pasar lo suyo en el tiempo que le tocó vivir. Rogamos a sus descendientes directos vivos, sus nietos, disculpen si nuestras palabras para el recuerdo les molestan o incomodan, porque no es  esa nuestra intención, sino al contrario.

El boceto a que hacíamos referencia al principio y que reproducimos lleva una firma ilegible que más bien parece el signo de un notario, que no sabemos a quien pertenece. Si alguien conoce esta rúbrica y a quien pertenece, rogamos lo manifieste para reseñarlo y hacerle honor por su documento gráfico.
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