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“ Este es el escenario que testigo mudo fuera del transcurrir de mi vida.
Brianda me dieron por nombre al nacer, en el año del Señor de 1581.
Hija última de Don Álvaro de Bazán, primer marqués de Santa Cruz, y de su esposa Doña María Manuel Benavides, que entre los muros de este palacio me criara, mientras mi padre se batía por España y por su rey, Don Felipe, en las islas que ahora llamáis Azores, y que ya no os pertenecen.

Quiso Dios que yo naciera en esta familia de hidalga estirpe, oriunda del navarro valle del Baztán, dispersa por el reino y allende los mares, en busca de gloria y fortuna.

En una de las estancias de la galería alta de este palacio, encontraréis cumplido homenaje de mi señor padre a su linaje:
–    Don Alonso González de Baztán, que en el año 882, tan valerosamente defendiera de los franceses a su rey, Don Sancho III Abarca de Navarra, lo que le valió la recompensa del blasón ajedrezado, blanco y negro, que simbolizaba la vida que por él pusiera en juego. Aún permanece como escudo de la noble Casa Bazán.
–    En 1231, Don Juan Pérez de Baçtán, de una de las doce Casas de Navarra, firmó la Capitulación entre los reyes Don Sancho III el Fuerte y Don Jaime de Aragón, lo que indica su elevada posición social.
–    Don Gonzalo Ruíz de Bastán, camarero mayor de Enrique II de Castilla, recibió de su rey, en 1366, el señorío leonés de Valduerna, y otras villas.
–    En 1477, Don Francisco de Bazán heredaba dichas tierras, asociadas ya al título de Vizconde de Valduerna.
–    En 1542, Don Álvaro de Bazán, de sobrenombre el Viejo, Capitán General de la Mar Océana y de las Galeras de España, se convirtió en señor del Viso y Santa Cruz por méritos propios y previo pago de veintiséis millones de maravedíes. Era mi abuelo, que tanto bregara por esos mares de Dios al servicio del Emperador Don Carlos.
–   Y mi padre, digno heredero del suyo, y de igual nombre. Fue el primer marqués de Santa Cruz. Peleó con bravura y habilidad tales, que nunca experimentó el amargo sabor de la derrota.

Cuarenta y cuatro años de su vida enteramente entregados a la defensa de España contra los corsarios franceses, los piratas berberiscos, ingleses y turcos, y contra los ejércitos regulares de sus muy poderosos enemigos.
 
Numerosos enclaves de la costa mediterránea africana quedaron para siempre vinculados a su persona en la memoria escrita de los hombres: Argel, Túnez, Tánger..., nidos de piratas que acosaban a nuestros barcos y  nuestras costas, y que tan bien supo siempre defender Don Álvaro, mi padre.

Por éstos y otros motivos hay ciudades, lugares y batallas, cuyos nombres resuenan entre las paredes de este palacio: Gibraltar, Messina, Venecia, Génova, Lisboa... y, aunque desdichadamente ya desaparecidas de aquí sus imágenes, Lepanto. ¡Sobre todo Lepanto!.
 
No pude ser testigo de estas hazañas, ni siquiera indirectamente, primero, por mi nacimiento, pocos años antes de la muerte de mi padre; en segundo lugar, por mi condición de mujer. Sin embargo, ¡ cuántas veces las oí relatar a mis tíos Don Alonso, Don Juan, Doña María, Doña Brianda, Doña Isabel!. Y¡ cuántas oraciones, y misas, ofrecidas a Dios por él entre los muros del convento!. Sí. En él transcurrió casi toda mi vida, tras mi temprana orfandad, primero de mi madre, y de mi padre después.

Desde la ventana de mi celda, mi mente recreaba estas paredes que nuestros queridos pintores italianos iban poblando de referencias a Italia: Roma, Milán, Génova Nápoles..., y a su cultura antigua, que entonces renacía en toda Europa, en el viejo solar de lo que una vez fuera el Imperio Romano.

Y es que mi padre, aunque hombre de acción, atesoraba una sólida formación humanística, como se trasluce en el plan decorativo de su palacio del Viso. ¿Lo detectáis?. ¡Qué magistral y equilibrada muestra de mundo antiguo y moderno, de mitología pagana y mundo cristiano!. Razón y Fe. Ciencia y Religión, en armónica e ideal coexistencia. La confronta-ción suele venir de la mano de la Ignorancia, la mala Política y la Ambición. No del Conocimiento.

Pero nuestros marinos y nuestros tercios, la mejor infantería del mundo, se batían por mar y tierra, temidos y admirados a la vez por su bravura, su fidelidad, y su pertenencia a un reino que se extendía por gran parte del mundo: “En mis dominios nunca se pone el sol”, había dicho Felipe II.

En aquellos tiempos difíciles, vida y honor se jugaban como en un tablero de ajedrez. Vencer o morir, esclavizar o ser esclavizado, luchar o claudicar. No había tercera vía posible.

A veces imaginaba a mi padre, anciano, enfermo y entregado a la tristeza en Lisboa, latiendo en su mente la inmerecida frialdad del rey, mientras la muerte se cernía sobre él. Con él, la expedición de la Armada española contra Inglaterra hubiera sido Invencible.

Poco pudo disfrutar de este palacio del Viso, casi siempre ocupado en esos peligrosos mares que solía navegar, ni del contacto con la Naturaleza, signo de distinción y prestigio entre aquella sociedad privilegiada a la que, con todo merecimiento, había pertenecido.

Durante mucho, mucho tiempo, cuando las familias aún conversaban en torno al fuego de la chimenea en aquellas largas y frías noches de invierno se contaba que, en el Palacio iluminado por la luna, su espíritu vagaba por estas galerías mientras que, como en un susurro o en una plegaria, algunos decían haberle oído recitar el elogio que, en su memoria, le dedicara el gran Lope de Vega:

El fiero turco en Lepanto,
en la Tercera el francés,
y en todo el mar el inglés,
tuvieron, de verme, espanto.
Rey servido y patria honrada
dirán mejor quién he sido.
Por la cruz de mi apellido,
y con la cruz de mi espada.

¡ Esperad !. ¿No oís?.... Hay que estar muy atento para poderlo escuchar. La Historia hace mucho ruido en vuestro tiempo, y tal vez sólo os llegue un tenue eco confuso y lejano. Adiós.”
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